Es difícil describir tu sonrisa, pero ¿sabes qué? me encanta el microsegundo en el que tus labios pasan de estar totalmente normales a empequeñecerse por el crecimiento de tu sonrisa, ese momento en el que tus dientes son los más perfectos y ese momento en el que tras unos segundos de sonrisa, se oye tu preciosa carcajada de fondo

viernes, 23 de marzo de 2012

te enamoras del equivocado, te aburriras del adecuado

Te quise desde esa primera vez en la que dijiste mi nombre y fui capaz de creer que yo valía la pena. Supe que tenías que ser tú el que me hiciera llorar todos los martes de silencios y me matara a cosquillas las tardes de los viernes. Que si había que apostar absolutamente todo lo que me quedaba por alguien, esa persona debías ser tú. Y es que tu mirada era lo más parecido a la magia que he visto nunca. Y es que aunque chispeabas, casi nunca llovías. Y es que un día me prometí que me colgaría de tu sonrisa para vivir siempre contigo. A pesar de que todo eso conllevase amoldarme a tus brazos, al remolino de tu pelo, acostumbrarme a que me hicieras feliz con cada detalle, volverme frágil si no me acariciaba tu voz, olvidar cómo conciliar el sueño sin el eco de tu risa en la cabeza. Pero hoy quiero decirte algo que mis labios jamás supieron articular. Confesarte esto que me desborda las pupilas, reunir el valor necesario para que sepas que yo, yo volvería a elegirte. Una y mil veces, tantas como las noches en que me prometí que ya nunca serías el único capaz de salvarme. Me encantaría que aterrizasen sobre tu piel, suaves, indoloras, estas palabras desordenadas que se amotinan entre mis labios cuando me rozas. Contarte, por ejemplo, que aún no se me ocurre ningún plan más perfecto que ganarte al tres en raya entre tus lunares. Que nadie ha vuelto a repetir mi nombre miles de veces solo porque le encantaba saborear todas sus sílabas. Que todavía sigo esperando que dibujes en mis brazos un te quiero cada viernes a las cuatro. Y que no voy a dejar de esperarlo (ni de esperarte) nunca, que nunca dejaré de llorar al sentir que mi voz se ha vuelto para ti tan fría, tan extraña, tan ajena como un millón de esquirlas. Si alguna vez te das de bruces contra esto, como quien se encuentra a un viejo amigo, solo te pido que trates bien a mis letras, que permitas que te traspasen y aniden sobre tu herida para cerrarla del todo y que, por favor, no llores. Y que me recuerdes regalándote las ocho palabras que nunca tuve el valor de decir: "te quiero; como ayer, como antes, como siempre".

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