La luna ilumina más de lo normal, la lluvia me quema la piel, reptando
por mi antebrazo hasta caer en finas gotas a través de mis pálidas
muñecas. Las costillas me duelen hasta quebrarse contra mis pulmones, y
el aire se escapa entre los agujeros abiertos, dejándome como una coraza
vacía.
¿Sabes? Realmente llegué a pensar que me querías.
Que tu mirada se perdía entre mis clavículas con verdadera necesidad y
deseo, y que mi corazón al latir era el himno de tu alma. Que mis muslos
contra tu piel eran todo el hogar que jamás tuviste, y que mis ojos
podían ser el mar donde navegarías con parche y pata de palo, como un
verdadero pirata, jugando a robarme la razón.
Y ahora, con la luna y la lluvia, ácida contra la piel, corroyéndome las
venas, sólo puedo reírme mientras la tibieza de unas lágrimas me
recorre los pómulos con rencor.
¿Qué derecho tenía yo a creerme semejante final feliz?
Que tonta que fui, la verdad; no sé cómo me olvidé de que el final feliz
ya estaba reservado para los cuentos de hadas, con príncipes al rescate
y valiosas princesas deseosas de huir (y tú y yo lo sabíamos bien: Yo
jamás fui una chica por la que valiese la pena luchar).
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